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Imagen libros antiguos

Septiembre de 2021

Durante todo el moderno periodo de la esclavitud en América uno de los elementos de atención de los propietarios de esclavos era que estos no supiesen leer. La lectura, los libros, el conocimiento, la información, formaban parte del «poder». Leer, entonces, era «empoderarse», compartir el poder. Si eras esclavo y te pillaban leyendo te azotaban con correas de cuero, si te volvían a pillar leyendo te azotaban con un látigo de siete colas y a la tercera… directamente te cortaban el índice, dedo que señala la línea por donde los ojos discurren.

Aún peor era si, siendo esclavo, te pillaban enseñando a leer, entonces tenías muchos boletos para ir directamente a la horca. Aún así, aquellos atribulados hombres y mujeres se empecinan, como parte imprescindible de su liberación, en secretamente dominar el arte de la lectura, el arte de la escritura.

Tiempo pasado, abolida aquella pérfida esclavitud, que no otras, cuando ya muchos/as leemos, nos encontramos igualmente que el poder anhela el control de la lectura y desconfía sin duda de la lectura en libertad. Imaginemos las librerías hispánicas en 1950, escuálidas y sólo surtidas de aquello que el régimen permitía, o mejor, recuerde yo las librerías rumanas en Sibiu, Bucarest, Constanza… en los lejanos y a la vez próximos años 80, donde casi como sátira o chiste todos los escaparates lucían las obras de Nicolae Ceaucescu y de… Elena Ceaucescu, su mujer.

Ya Voltaire escribió un panfleto satírico: «Del horrible peligro de la lectura», diciendo que «leer puede disipar la ignorancia, que es la salvaguarda de los estados bien gobernados». La iglesia de Roma mantuvo su Index librorum prohibitorum ¡hasta 1966!

En Chile el infame Pinochet intentó, dicen, o incluso prohibió, dicen, el Quijote, libro que con certeza no habría leído, por pensar que el mismo, como así es, contenía profundos alegatos en defensa de la libertad. En esos años el Infame mandó quemar títulos de Márquez, Neruda, Edwards…

En la extinta Unión Soviética las prohibiciones fueron excelsas y se dio el magnífico fenómeno del «Samizdat», los libros prohibidos de Bulgakov, Solzhenitsyn, Nekrasov, Orwell, etc. Milagrosa y clandestinamente corrían manuscritos o mecanografiados como valiosos productos que te prestaban, leías y te comprometías a difundir una copia, o más, por ti mismo/a realizada: combinando virtuosamente lectura, escritura, edición, subversión, libertad…

La lectura, la escritura, la variedad de libros, la presencia de bibliotecas actualizadas, dinámicas y ajustadas a los cambios, la variedad de editoriales y librerías nos hacen más libres, más abiertos, despiertos, consecuentes… ricos, en suma. Es difícil concebir una democracia expansiva y firme sin lectura en libertad, sin información fidedigna y segura, sin libros, sin bibliotecas que hereden, actualicen y mantengan su espíritu originario: espacios, físicos o virtuales dedicados a estimular el conocimiento, el libre acceso a la lectura, la información, la creación de foros abiertos y receptivos donde toda ciudadano/a sin distinción alguna encuentre este espacio como propio.

Y, siguiendo con los libros que a su vez hablan de libros, tres:

· El universo en un junco, de Irene Vallejo, un repaso al mundo clásico y los libros.

· Una historia de la lectura, de Alberto Manguel, un fluido ensayo sobre la historia de los libros y la lectura.

· Los libros arden mal, de Manuel Rivas, coral novela que nos relata el triunfo de la cultura sobre el fuego sempiterno que la persigue.

Pasen… y lean.

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