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Libros, big data, algoritmos y la red

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Me detengo frente a una terraza de bar. En una mesa, dos adultos y una niña: la mujer mira el telefonito, el hombre teclea en el telefonito, la niña ríe al telefonito. En otra un hombre habla solo. En la de la esquina, tres jóvenes se muestran entre sí sus telefonitos. En la más próxima, una pareja de mediana edad se dicen algo sin dejar de mirar el telefonito. En la puerta, el camarero sujeta el teléfono a unos centímetros de la boca y… ¡le habla! Todo esto miro, hasta que suena mi propio telefonito… Algo está pasando y es difícil que lo calibremos con exactitud… incluso es posible que ni siquiera nos demos cuenta de que, sin duda, algo está pasando.

La imagen anterior es muy metafórica pero no es ni siquiera la punta del inmenso iceberg que el asunto representa. Lo tecnológico forma parte intrínseca de nuestra vida, incluso de nuestra muerte, y es incorporado por las gentes nacidas después del 2000 (”nativos digitales “) como una prótesis. El calado es más profundo, como dice Nicholas Carr en su obra “Superficiales ¿Qué está haciendo Internet con nuestras mentes?”, vivir en lo tecnológico es vivir en un mundo donde se procesa gran información pero donde la capacidad de concentración, análisis y pensamiento reflexivo queda relegada.

El filósofo Byung-Chul Han en “La desaparición de los rituales” nos señala que aceptamos que nos espíen, aceptamos perder la privacidad, aceptamos ser personajes en las redes, aceptamos las argucias más extrañas a cambio de pequeños servicios y programas que son, en definitiva, un reclamo para obtener datos, datos y datos: vivimos en una economía de la vigilancia.

En paralelo, y en otro tono, Enric Puig en “La gran adicción” consigna algo que muchos sabemos: el 80% al menos de lo que corre en internet es similar a la comida basura de los supermercados, estimula, estimula, estimula pero no alimenta, no incita a la libertad, es más, nos dirige, a poco que nos descuidemos, a la adicción: ¿quién no se ha alterado, con cierta dependencia, si no hay wfi, si no encuentra el telefonito, si no puede subir algo a facebook, instagram, twitter, tiktok, visitar el correo, poner un guasap…? La dictadura digitotecnologica es casi perfecta: todos vamos por esos mundos de Dios con el moderno misal, rosario y cilicio del siglo XXI: el smart-phone, el… ¡”teléfono Inteligente”! De ello nos alerta Matt Haig contando su propia experiencia de perturbación e intranquilidad en el libro “Apuntes sobre un planeta estresado”. En él nos invita a explorar de que forma el stress consustancial moderno se ve multiplicado por nuestra continua conexión en tabletas, ordenadores, telefonitos…

En el mismo tono de relato personal, en el libro anteriormente citado, Enric Puig nos presenta, sin gran teoría, su visión de las tecnologías de la información y la comunicación y tras ello cuenta como su vida personal, emocional e intelectual estaba sucumbiendo a la dictadura de internet y un día decidió regula lo, según muchos, irregulable: no estar siempre pendiente del móvil, tableta, redes, correo electrónico… y buscar una manera de vivir menos exhaustiva en la cual encontrar mayor riqueza, mayor bienestar.

Jon E. Illescas reflexiona, compila y retrata con fidelidad en “Educación tóxica” de qué manera millones de muchachos/as quedan, nunca mejor dicho, atrapados en la red y en el discurso de sus contenidos con frecuencia vacuos, distorsionados y distorsionadores, inapropiados, insanos… poco virtuosos. En China, en los centros de desintoxicación tecnológica-digital, llaman ya a internet, a las herramientas y a sus contenidos la ”heroína digital”. Podríamos pensar que estamos exagerando, si no fuera porque en realidad los grandes algoritmos al servicio de los grandes intereses saben qué compramos, por dónde pasamos, qué pensamos, dónde iremos el domingo, qué dinero tenemos, cáal es nuestra preferencia sexual, política, artística, qué bicicleta usamos y hasta qué hay en la nevera… Bueno, que “Un mundo feliz”, de Aldous Huxley, casi sería una broma, y el gran hermano de George Orwell en “1984”, un pardillo…Pero, por fortuna hay libros, hay autores/as, pensadores/as que se paran a reflexionar, que buscan un espacio de crítica recapitulación y análisis y, sobre todo, nos invitan a no darlo todo por válido o a no darlo todo por perdido. Y termino con el último libro de Nicholas Carr, “La pesadilla tecnológica”, donde dice : ”Si todavía hay personas que están bajo la ilusión de que facebook es una herramienta benigna para la armonía social, deben llevar años dormidas. Deberían despertar, apagar su teléfono y leer un libro. Facebook es un negocio basado en espiarnos y manipularnos. Esto es tan obvio que creo que incluso Mark Zuckerberg lo admitiría.”

Quizás podamos con nuestra propia experiencia y estos libros, entre los muchos, observar un poco por si algo estuviera pasando.

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