Logo Biblioteca Pública del Estado

Cervantes : Cerbantes

No alt text available for image

El mes pasado y el 23, como algunas sabrán, celebramos algunos, celebramos algunas, el Día del Libro. ¿Y por qué el 23?, dirán. Dicen que fue cuando murió Cerbantes. Con certeza no se sabe si fue antes, mas con certeza sí se sabe que no fue después, pues tal día fue enterrado, como recogen los registros de 1616. Celebrar con Cervantes, que fue autor de algunos libros y del libro de los libros, el Día del Libro no es mala idea y fijarlo en la fecha de su muerte si ello representa el hecho de su vida pues tira que te va, pero lo cierto es que hablando de vidas de la de Miguel de Cervantes Saavedra solo tememos conjeturas, figuraciones, fantasías, niebla abundante y algunos datos fidedignos por la magia de la historia.

En 1569 Miguel salió de España y no volvería, después de grandes pericias, hasta 1580. Los últimos 5 años de esa lejanía los pasó, como muchos cautivos peninsulares, en Argel, esperando su rescate y ahí, en septiembre de 1580, es donde viene a cuento nuestra historia: salió liberado de su cautiverio por la mediación y pago de los Padres Trinitarios, Orden católica dedicada a liberar cautivos de los moros.

Llega a Denia el 24 de octubre, a Valencia en noviembre donde, dicen, aguarda semanas para participar en alguna procesión que los Trinitarios organizan donde se muestran los liberados y dan gracias por el Gracioso asunto, asunto de Gracia sin duda en el caso de Cerbantes, pues de no volver sano y salvo Miguel, que entonces tenía 33 años, podría ser que algunas no hubiésemos leído nunca El coloquio de perros o El licenciado vidriera o El celoso extremeño… Ni siquiera algunos hubiésemos leído El Quijote, por el simple hecho, podría ser, de no haber sido escritos…

Pero bueno, la historia de este cuento o el cuento de esta historia o el hilo no más de esta crónica es señalar que a fines de noviembre, podría ser principios de diciembre de ese 1580, salió Cervantes de Valencia por el futuro Camino Real en ruta hacia la Corte y dada la ruta, sin duda alguna vino a pernoctar agotada la tarde en alguna Venta de las Ventas de Buñol. Qué vería, qué novedades hispánicas encontraría, qué comería, qué lugar le acogería, qué hablar escucharía, cómo sería aquella villa en la cual no sabemos si se asomó a ver el castillo… son asuntos que forman parte de la niebla que rodea su vida.

Sea como fuere que ese hombre enjuto y viajado que a finales de otoño pernoctó en Buñol, no deja de ser un asunto intrascendente en general y magnífico en particular para algunos cuando en otoño pasamos en bicicleta por el extinto Camino Real y las extintas Ventas.

Pero la verdad es que su paso por Buñol ocurrió en el exacto meridiano de su vida: tenía entonces la mitad de la edad que iba a contar entre los vivos, regresaba a fundamentar sus próximos años, no tenía oficio, no tenía obra, ni siquiera quizás la idea de tenerla, comería lo justo e iría con lo puesto y poco más… Aún le quedaba, por fortuna para miles si no no millones de lectores y lectoras de los tiempos venideros, mucho por correr, penar, gozar, comer y, sobre todo, escribir.

Alguna mañana de noviembre o de diciembre de 1580, bien a mula, a caballo o carreta, subió por el Portillo. Si había niebla o estaba claro no lo sabemos pero siglos después de aquella mañana y en abril sí podemos señalar algunos libros que pondrán algo de orden, si nos interesa su figura, en todo este barullo:

Cervantes, de Jean Caravaggio.

España en tiempos del Quijote, de Antonio Feros.

Las vidas de Miguel de Cervantes, de Andrés Trapiello.

Digo estos por decir algunos, pues de Cerbantes/Cervantes se ha escrito más que del profeta que veneraban en la Berbería donde pasó él sus años de cautiverio. Vale.

Biblioteca Bugnol